Bernardo Flores Heymann

No son iguales, decía él

Tuve un amigo del que no recuerdo su nombre, César, Alejandro, Rodrigo, la verdad se me olvidó. Creo que era Iván. Lo que sí se que me caía muy bien. Teníamos la misma edad, éramos vecinos y nuestras mamás se llevaban.

Para mi era suficiente poder hablar con él. Teníamos algunos puntos en común: nos gustaba meternos en problemas, andar en bicicleta y leer. Además, compartíamos otros temas, más bien íntimos: nuestros progenitores nos reconocían, pero de lejitos.

Él vivía a la vuelta de mi casa, sobre Avenida Revolución, en el piso de arriba de la vecindad. Su mamá era la secretaría / recepcionista / asistente de la escuela de manejo de la colonia. En realidad era la amante del dueño del establecimiento.

Mi mamá rentaba el local a la vuelta de la esquina de la escuela. Era una hamburguesería y nos iba bien. Pedro –ya recordé su nombre– Pedro iba cada tercer día por un hotdog o una hamburguesa. Yo era el chef vespertino, y así nos conocimos.

Al poco tiempo ya éramos muy unidos. Intercambiábamos libros, íbamos al cine, salíamos en la bici: nos íbamos de San Pedro de los Pinos a Ciudad Universitaria. Hablábamos de nuestros sueños: él quería un Chevy para salir con la novia que fuera a tener. Yo quería ser publicista, filósofo y cinta negra. Además, ambos queríamos ponernos mamelucos: ese era el estándar de belleza.

Discutíamos de los libros, de las tramas. A veces nos íbamos a Coyoacán a filosofar.

Nuestras madres también se hicieron cercanas. Agarraban sendas guarapetas los sábados por la tarde, mentaban madre de los hombres, bailaban, fumaban mientras Pedro y yo veíamos películas.

Cada vez que hacía un amigo nuevo, o tenía una novia, o un crush, o algo debía presentárselo al patriarca de la familia para tener su validación. Tonterías propias, pero era importante para mí, hasta este momento.

Entonces, un domingo mi tío me invitó por un helado, y le pregunté si podría llevarle a mi nuevo amigo. Aceptó. Nos vemos en el Chiandonni de la Nápoles. Estuvimos poco más de una hora y nos despedimos.

A los 20 minutos llegó a mi casa, quería decirme algo.

Bernardo–, dijo serio e invitándome a sentarme en el asiento del copiloto del coche. –No me gusta tu amiguito nuevo.

Ok– me quedé seco. Quería que dijera más, quería detalles. Normalmente tenía buen ojo para medir a la gente: me había advertido de un amigo abusivo, de otro bully y uno más “que iba por malos pasos”. Le atinó a todos.

Pedro y tú no son iguales. Míralo, no habla bien, termina los verbos con s: dijistes, hicistes.

Ok, le puedo comentar y ayudarlo a hablar mejor–, comenté sabiendo por dónde iba el tema.

¡No es solo eso! Mírate, tú eres rubio, estás bonito y vas en una escuela privada. ¿Qué dirá la gente? Te juzgarán por las personas que están en tu círculo y te dejarán fuera. No puedes dar ese lujo.

Me hervía la sangre. Mi mamá siempre me había dicho que todos éramos iguales, que no importaba el nivel económico, religión u orígenes, pero ahí estaba él, argumentando pendejadas. Y además, se atrevía a decirme con quién debía llevarme.

Debo decir que el clasismo y racismo eran parte del talón de Aquiles de algunos familiares. Los integrantes de pelo negro de la familia eran tildados de negros y quienes tenía ojos claros, tez amarilla y pelos de elote recibíamos mejor trato. Me quedé callado y encabronado.

Y siguió entonces:

No quiero que lo vuelvas a ver. Le voy a decir a tu mamá que te alejé de él porque si me entero que sigues frecuentándolo, se acaba el dinero que te doy a la semana.

Quítamelo-, dije valiente. –No es que 100 pesos hagan la diferencia. Pero por supuesto que la hacían a mis 14 años. Además, podría ser medio patriarca, pero con mi mamá no sé metía, entonces solo eran amenazas, pero me ponía mal que fuera tan intrusivo.

Giró los ojos. Bufó y solo me dijo: entiéndelo, no son iguales. Y me señaló la puerta para que me fuera. No hablamos otra vez del tema. El flujo de efectivo tuvo una que otra intermitencia, pero nada grave.

Pedro y yo seguimos siendo amigos por un año más, hasta que la esposa del dueño de la escuela de manejo descubrió la casa chica. Mi amigo, su mamá y su recién nacido hermano se mudaron a Satélite, donde estaba la otra sucursal de la escuela de manejo.

La distancia hizo lo suyo y nos perdimos la pista.

Sí, las circunstancias de ambos eran muy diferentes, nuestros orígenes y raíces también. Pero él era mi amigo, hasta donde me quedé era una buena persona y se esforzaba por cambiar sus circunstancia: lo habían aceptado en una prepa privada con beca completa por su rendimiento en la secundaria pública. Cuando dejé de verlo también había dejado de “hablar mal y con acento”. Él me enseñó la cera para peinar, me presentó a Kundera y varios trucos para hacer malabares en bici.

No son iguales, decía él. Y sí, tenía razón. Él, Pedro en muchas cosas, era mejor que yo.