Memorias del veneno III

-Mamá, ¿qué pasa si le pongo el cuerno a mi novia?
-Nada -, respondió ella casi de inmediato. Si no se entera -, sentenció.
Federico no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, lo único que tenía claro era que su novia, Patricia, era un año más chica que él y nomás no le iba a dejar pasar de un buen faje por un buen rato. Se lo había dejado claro en todas las ocasiones en que se toqueteaban y, desesperados, se manoseaban por debajo de la ropa. Aunque el acercamiento de Denisse con su miembro era un gran paso, él ya quería la torta completa.
Tener novia de manita sudada era algo hermoso, casi casi divino. Pero ¿quién, en su sano juicio desea la divinidad teniendo tantos distractores terrenales y tangibles? y, peor aún ¿quién, a los 16 años quiere tener una relación directa con dios?
Al menos, él no.
Lo más cercano al cielo que había estado no era la mano de su novia, ni siquiera los fajes con ella. Su pasaporte al paraíso había sido Denisse y le quedaba claro que aún había más después de esa frontera.
Si los fines de semana eran para Patricia, la semana podía ser para alguien más. O alguienes más. Así que armado de curiosidad se dio a la tarea de encontrar mujeres que cortejar, senos con los cuales soñar y vértices cálidos que desear.
La mejor herramienta en ese momento era internet y ya conocía la técnica: un poco de verbo, sacrosantas mentirillas piadosas, una semana de verse en el chat a determinada hora, pasar a ICQ y listo, el momento de la verdad: verse. Si era fea, no pasaba nada. Si era guapa, la historia cambiaba.
Así conoció a María y todo un nuevo panorama se abrió para él. No sólo en cuestión de cornaduras e infidelidades, sino que descubrió en ella una nueva forma de vida.
Después de las introducciones personales, de la plática trivial del tráfico y el clima (que van a saber dos pubertos sobre el tema), hablaron de ellos. Terminó en un beso… magnífico, sin tanta baba, con el tiempo adecuado y la dosis necesaria de lengua. La niña sabía lo que hacía. Y le iba a enseñar.
Al día siguiente, se vieron otra vez y se besaron más. Llegó el fin de semana y cual novio responsable, salió con Patricia, pero no era lo mismo luego de los suculentos, delicados y pequeños labios de María. Disimuló bien con su novia y aprovechó para hablarle de su amiga María, –así no habría sospechas– pensó.
El siguiente fin de semana no salió con su novia de manita sudada, prefirió a la amiguita que lo hacía sudar. No sudó como esperaba hacerlo porque descubrió que la experimentada María era aún virgen, pero hubo otro hallazgo importante, la gran pericia de la boca y labios de su amante.
-Mamá, ¿ahora que hago con las dos?
-Ahí tu sabrás, pero si por mi fuera, te capo, cabrón–, respondió con una sonrisa cortada.